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Por Lance Selfa


En 6/18.- Cuando Donald Trump se acerca al segundo aniversario de su toma de posesión, crece la posibilidad de que no llegue a su tercer año de legislatura.
Al menos esa es la conclusión a la que un número creciente de personalidades del establisment en Washington está llegando, dadas las múltiples amenazas legales y crisis políticas a las que Trump, su familia y su administración se enfrentan.

Considere lo siguiente:

La investigación del Departamento de Justicia sobre la posible colusión entre el equipo de Trump y operativos rusos durante las elecciones de 2016 ha hecho que el director de campaña y el subdirector de campaña de Trump, el asesor de seguridad nacional, el principal amañador legal de Trump y una gran cantidad de figuras menores se declaren culpables y colaboren con la investigación.

La imputación de su abogado Michael Cohen por un cargo de violación a ley de finanzas de campañas electorales ha señalado a Trump como un “co-conspirador no acusado” en un esquema para asegurar el silencio mediático de dos mujeres con las que Trump tuvo relaciones sexuales extramaritales.

La investigación dirigida por el ex director del FBI Robert Mueller ha abierto múltiples vías de investigación sobre Trump, su círculo y su administración, incluyendo el tráfico de influencias de las monarquías del Golfo, el lavado de dinero y la corrupción del comité de inauguración.

Dado que los demócratas tomarán control de la Cámara de Representantes el 3 de enero, la Casa Blanca y las agencias administrativas se enfrentarán a una ráfaga de citaciones que afectarán a su personal con múltiples solicitudes de documentos, audiencias en el Congreso y aplastantes facturas legales. Es de esperar que más casos de corrupción en la administración sean revelados.

El personal clave de la administración, del Jefe de Gabinete al Secretario de Defensa, está huyendo de lo que parece ser un barco que se hunde, y Trump está teniendo dificultades para encontrar sustitutos.

Las bolsas de valores estadounidenses experimentaron su peor caída en diciembre desde la Gran Depresión, mientras los analistas de Wall Street señalan la preocupación sobre las políticas comerciales de Trump y una posible recesión. Las llamadas del Secretario del Tesoro Steven Mnuchin a los jefes de los bancos más grandes de Estados Unidos para asegurarles que el gobierno tenía suficiente liquidez monetaria provocaron una caída aún más fuerte en los mercados.

Como si todo eso no fuera suficiente, 2019 comenzó con un cierre forzado del gobierno federal que dejó a más de 800.000 trabajadores federales sin sueldo durante los días festivos.

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La corrupción y los ultrajes han sido el procedimiento operativo estándar desde que Trump asumió el cargo. Cualquiera que fuera la opinión oficial de Washington sobre ellos, tendía a ignorarlos. Pero algo pareció cambiar en diciembre, cuando Trump anunció la retirada de las fuerzas estadounidenses de Siria. Esta acción provocó la renuncia del Secretario de Defensa James Mattis y Brett McGurk, el enviado de Estados Unidos ante la Alianza anti-Estado Islámico en Siria.

Repentinamente, el consenso belicista bipartidista en Washington comenzó a advertir contra las terribles consecuencias de esta acción y expresó su preocupación de que Trump había ido demasiado lejos.

Los mismos que apoyaron a Trump cuando se negó a criticar a los racistas y fascistas en Charlottesville, forzó la separación de familias inmigrantes a lo largo de la frontera de México-Estados Unidos, o trató de quitarles el seguro médico a millones de personas, descubrieron que Trump ahora representa una amenaza para la república, y descubrieron que la carta de renuncia de Mattis, en la que reprendía a Trump por faltarle el respeto a los aliados y por tener ilusiones en “actores malignos” (Rusia) y en “competidores estratégicos” (China), es un documento histórico similar al discurso de Gettysburg de Lincoln.

Uno de los principales cronistas imperiales de Washington, Thomas Friedman del New York Times, hizo un llamado al Partido Republicano para que lleve a cabo una “intervención”:
“Hasta ahora no he estado a favor de destituir al Presidente Trump de su cargo. Tenía la firme convicción de que lo mejor para el país sería que se marchara por donde llegó, a través de las urnas. Pero la semana pasada fue un momento decisivo para mí y para muchos estadounidenses, incluso para algunos republicanos.

Es el momento en que hay que preguntarse si realmente podemos sobrevivir dos años más con Trump como presidente, si este hombre y su comportamiento demente — que sólo empeorará cuando la investigación Mueller concluya — desestabilizan nuestro país, nuestros mercados, nuestras instituciones claves y, por extensión, al mundo. Y por lo tanto, su destitución ahora tiene que estar sobre la mesa”.

Más vergonzosos fueron los liberales, cuyas críticas a la política de Trump en Siria comenzó a hacerse eco de la retórica del expresidente George W. Bush o del exvicepresidente Dick Cheney. Frank Rich, de la New York Magazine, es un ejemplo:

“Tenemos un presidente de los Estados Unidos que está cerrando el gobierno al mismo tiempo que invita a los adversarios de los Estados Unidos a romper sus defensas. Las retiradas en Siria y Afganistán, combinadas con la salida del último alto funcionario de la administración que aspiraba a servir a los intereses nacionales en lugar de los de Trump, invitan al Estado Islámico, Rusia, China, Corea del Norte, y a los talibanes afganos a tomar medidas hostiles contra los Estados Unidos.

Esto ha llamado la atención incluso del cínico Mitch McConnell: Se ha declarado “angustiado” por la dimisión de Mattis, un gran paso en la escalada retórica de un partido en el que las patéticas expresiones periódicas de “preocupación” de Susan Collins son motivo de crítica a un presidente proscrito. Las palabras de Marco Rubio fueron más fuertes, una táctica para proteger su viabilidad para otra candidatura presidencial, pero habrá más líderes republicanos indignados.

Lo que los indignará no es necesariamente la agenda aislacionista de Trump, sino el daño que su comportamiento, tanto en el extranjero como en el país, está infligiendo a los mercados financieros. La pura incertidumbre de una presidencia caótica está empujando al Dow a su peor diciembre desde la Gran Depresión.

McConnell y su humillado compañero Paul Ryan han tolerado el racismo, la misoginia y el nativismo de Trump, su debilitamiento de las alianzas de Estados Unidos, su cleptocracia y su lealtad a Vladimir Putin. También han tolerado su estafa contra los mineros del carbón, los trabajadores siderúrgicos y los trabajadores de la industria automotriz de su base electoral. Pero serán condenados si defienden a un presidente que amenaza los bolsillos de los donantes del Partido Republicano”.

*****
Al menos Rich llega a una conclusión importante al final de esa cita. El factor que ha dado poder a Trump a lo largo de su desastroso gobierno ha sido la inclinación de los ricos y sus sirvientes en Washington de mirar a otro lado ante sus transgresiones, siempre y cuando las políticas de Trump les llenaran los bolsillos con recortes de impuestos y desregulación. Si esa apuesta deja de dar resultado, entonces Trump debería empezar a preocuparse.

Casi desde el momento en que asumió el cargo, los observadores políticos han advertido que la administración de Trump podría terminar con su impugnación y su destitución del cargo.
Mientras partidarios más fervientes del Partido Demócrata esperan ese momento desde hace dos años, los líderes del Partido Demócrata han tratado incluso de evitar hablar de destitución. En su ruta a la elección de noviembre 2018, los demócratas evitaron los llamamientos a la impugnación por temor a que Trump los usara para reagrupar a sus partidarios.
Al final, Trump tuvo éxito movilizando a sus partidarios, principalmente con su campaña racista contra la caravana de inmigrantes a la frontera del sudoeste. La movilización de los partidarios de Trump, junto con la enorme movilización anti-Trump del lado demócrata, se combinaron para producir la mayor participación electoral en unas elecciones legislativas en un siglo. Incluso con la participación de la base de Trump, los republicanos sufrieron una derrota aplastante.

Pero ahora que están a cargo de la Cámara de Representantes, la táctica demócrata podría cambiar. Ciertamente, la administración Trump, desde el “lumpen-capitalista” que la preside hasta el elenco de estafadores y representantes corporativos en cargos administrativos, proporcionará a los investigadores del Congreso una lista completa de corrupción y actos indecorosos que podrían provocar enjuiciamientos. Pero estallará un terremoto político si el informe de Mueller documenta la participación de Trump en delitos ilegales e impugnables.
Hasta ahora, la opinión pública ha asumido que Trump será capaz de superar la tormenta para llegar a la reelección en 2020.

Primero, incluso si los demócratas de la Cámara de Representantes lo impugnaran, los republicanos del Senado no votarían para destituirlo de su cargo. En segundo lugar, los memorandos internos del Departamento de Justicia redactados durante el escándalo Watergate a principios de la década de 1970 sugieren que un presidente en activo no puede ser imputado. Si Mueller y el Departamento de Justicia de Trump siguen esa política, entonces Trump tiene todos los incentivos para aferrarse a la presidencia.

Finalmente, los demócratas, habiendo visto cuán efectivo es Trump para movilizar a la base demócrata, tienen todos los incentivos para no destituirlo de su cargo.

Pero las elecciones de 2018 debilitaron la posición de Trump en Washington, y los otros signos de caos -desde la caída del mercado de valores hasta las dimisiones de alto nivel-, han hecho más probable el juicio político.

Este fue el mensaje de la veterana periodista Elizabeth Drew en el editorial del New York Times del 27 de diciembre de 2018. Drew, cuya carrera inicial incluye un reportaje incisivo del escándalo Watergate, escribió que cree que Mueller ha descubierto suficientes pruebas para un juicio político de Trump, y concluye que Trump puede enfrentarse a la disyuntiva a la que Richard Nixon se enfrentó en 1974: dimitir o ser destituido del cargo. Según Drew, en una editorial del 27 de diciembre:

“No comparto la opinión convencional de que si el Sr. Trump es impugnado por la Cámara de Representantes, el Senado dominado por los republicanos nunca agruparía los 67 votos necesarios para condenarlo. La coyuntura determinaría el resultado, pero la situación actual, que ya está cambiando, habrá quedado muy atrás para cuando los senadores se enfrenten a esa pregunta. Los republicanos, que alguna vez fueron aliados firmes del Sr. Trump, ya han criticado abiertamente algunas de sus acciones recientes, incluyendo su apoyo a Arabia Saudi a pesar del asesinato de Jamal Khashoggi y su decisión sobre Siria. También deploran abiertamente la partida del Sr. Mattis.

Siempre me pareció que la turbulenta presidencia del Sr. Trump era insostenible y que los republicanos más importantes finalmente decidirían que se había convertido en una carga demasiado grande para el partido o en un peligro demasiado grande para el país. Es posible que ese momento haya llegado. Al final, los republicanos optarán por su propia supervivencia política. Casi desde el principio algunos senadores republicanos han especulado sobre cuánto tiempo duraría su presidencia. Algunos seguramente notaron que su base no ganó en las elecciones a media legislatura".

El hecho de que el aliado de Trump y principal halcón, el senador Lindsey Graham (R-S.C.), tratase de ayudarlo a amortiguar el culetazo que siguió a la decisión sobre Siria sugiere que sus principales valedores republicanos aún no están dispuestos a abandonarlo.
*****
La última vez que el gobierno de Estados Unidos se enfrentó a una crisis como ésta, durante Watergate, estuvo a punto de sufrir su mayor derrota en una guerra (Vietnam) hasta entonces.
La crisis de Vietnam, junto con los movimientos sociales de la época, produjo protestas y disensiones en toda la sociedad estadounidense. En última instancia, el escándalo Watergate fue resultado de la guerra que Nixon desató contra la disidencia y cuando su acoso a los radicales se extendió al Comité Nacional Demócrata.

Aunque la crisis actual de la política imperial de Estados Unidos no sea tan grave como a la que enfrentó el establishment durante Vietnam, hay algunas similitudes que vale la pena considerar.

El plan de Estados Unidos de reestructurar el Medio Oriente a través de la guerra en Irak fracasó abrumadoramente. Las tropas yanquis en Afganistán ya han participado en la guerra más larga de Estados Unidos, sin fin a la vista.

Mientras tanto, Estados Unidos se está preparando para las próximas décadas, donde enfrentará desafíos tanto económicos como militares de China. Aunque Estados Unidos no enfrenta una crisis imperial como la de Vietnam en estos momentos, sin duda se encuentra en un período de transición en el que las estructuras imperiales creadas después de la Segunda Guerra Mundial no reflejan el equilibrio de poder que está surgiendo en el mundo.

Las políticas de “América Primero” de Trump — proteccionismo comercial, antiinmigración y relaciones bilaterales transaccionales tanto con países aliados (Canadá, Gran Bretaña, Francia) como adversarios (China, Rusia) — chocan con la visión del mundo de sectores del empresariado y del establishment de la política exterior. Esta es la razón por la que la retirada de Siria y la renuncia de Mattis provocaron un ataque de nervios en todos los altos cargos oficiales de Washington.

Puede que Trump no sepa lo que está haciendo, pero las acciones de su administración tienen consecuencias que son inquietantes para los guardianes bipartidistas del status quo. Hasta ahora, estas consecuencias no han roto la polarización partidista que ha mantenido a Trump a flote a pesar de los consistentes e históricamente bajos niveles de apoyo público.
A finales de diciembre, la popularidad de Trump cayó al nivel de cuando excusaba a los neonazis en 2017. Todo esto está ocurriendo antes de que una gran recesión golpee, antes de que Mueller haya entregado su informe final, y antes de que los demócratas hayan preparado la máquina de investigación del Congreso.

Si los principales jerarcas del Partido Republicano, desde los jefes del Pentágono hasta los directivos de los principales bancos, comienzan a concluir que Trump es un lastre para el poder económico y militar de Estados Unidos, los políticos electos del Partido Republicano comenzarán a distanciarse de él.

En ese momento, la estrategia de Trump de evitar la destitución de su cargo aunque más de la mitad de los senadores republicanos lo apoyasen, podría desmoronarse. Trump, por supuesto, no se irá en silencio.
Puede que todavía no estemos en ese punto. Pero podría ocurrir antes de que termine 2019.


Lance Selfa
autor de The Democrats: A Critical History (Haymarket Books, 2012) y U.S. Politics in an Age of Uncertainty: Essays on a New Reality. Es redactor de la revista Socialist Worker de EE UU.
Fuente:
https://socialistworker.org/2019/01/02/will-2019-be-the-year-trump-goes-down

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