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Jun. 20/20.- Ex Asesor de las Negociaciones del Tratado del Canal (1972-1977) y ex Agente de Panamá ante la Corte Internacional de Justicia (1989)

La llamada “guerra” entre Estados Unidos y la República Popular China es un acto entre inamistoso y agresivo, multifacético e híbrido (no militar) de Washington contra la potencia asiática, que ha tratado solo de defenderse y de apaciguar a la contraparte en su afán de convertir el anticclarinhinismo atolondrado del presidente Donald Trump en una carta electorera más de las elecciones de noviembre próximo.

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Una supuesta “guerra” no provocada, en la que uno de los contrincantes no combate sino se defiende tan solo de un enemigo más poderoso, no es una guerra sino un atropello o una forma de agresión, que es la más grave violación del Derecho Internacional, especialmente si es incompatible con la Carta de las Naciones Unidas (Definición de Agresión, (Resolución 3314 (XXIX) de la Asamblea General de las Naciones Unidas).

Claro, estas consideraciones son terra incognita para el presidente del país más poderoso del planeta. La surgente Guerra Fría contra China es, igual que la Guerra Fría contra la Unión Soviética, el más grande atropello porque implica hostilidad, agresividad, enemistad, apabullamiento, chantaje, boicot, desacreditación, guerra armada por interpuestas partes, espionaje y aislamiento internacional, agresión multiforme de Estados Unidos en contra el desarrollo pacífico de China.

Estados Unidos bajo Trump atraviesa la etapa más oscura y trágica de su historia por su completo desconocimiento y desdén por el Derecho Internacional, las normas de convivencia internacional y la diplomacia, lógica consecuencia de su absoluta ignorancia e ineptitud en asuntos internacionales que lo llevan a decir que “Estados Unidos le regaló el Canal a Panamá”; proponer “bombardear huracanes con armas nucleares”; “comprar Groenlandia” como si fuera tierra “salvaje” y estuviera en subasta; preguntar “si Finlandia pertenece a Rusia” (Bolton dixit); declarar que “el cambio climático no existe”; que “el COVID19 es una “gripecita” o declarar (17 de junio de 2020) que ¡“Venezuela le pertenece a Estados Unidos”!

La indigestión o intoxicación mental de Trump adquiere dimensiones épicas cuando se trata de China Popular, sea al intervenir en Hong Kong (RAEHK) territorio autónomo de China, al cual el mandatario de la Casa Blanca trata como si fuera el barrio de Harlem, o cuando interviene en la provincia china de Xinjiang como si fuera un suburbio de Miami. Ahora intenta desgajar a Taiwán del territorio de la República Popular China.

Afortunadamente, la única sobrina de Trump -- psicóloga por añadidura – fundamenta en su libro de próxima aparición por qué su tío Trump es un tipo peligroso y totalmente incapacitado para el cargo, uniéndose al coro de millones que claman por su destitución.

Volviendo a la obsesión de Trump con China, Beijing no quiere y más bien ha rehuido el reto desde el primer amago del aumento de los aranceles por parte de Estados Unidos. No contento con ello, Estados Unidos ha escalado su conflicto al comercio y la economía, creyendo detener el imparable ascenso de China.

Estados Unidos ha estado interviniendo en muchos aspectos del desarrollo de la República Popular China mediante falsas acusaciones, incluyendo presiones y sanciones inadmisibles jurídicamente a países amigos de la región como Cuba, Venezuela, México, República Dominicana, El Salvador y Panamá; Rusia y Corea del Norte en el Lejano Oriente; Irán y Yemen en Medio Oriente, y en la Unión Europea, donde Washington ha repartido sendos pescozones a Alemania, Italia, Francia, España, Portugal y Grecia.

El hecho de que el ego del presidente Trump sencillamente no tolera que ninguna otra potencia la rete o desplace está aislando crecientemente a Estados Unidos. En vez de conservar a sus antiguos aliados y amigos, el presidente Trump se obceca y cree que puede destruir la economía de China paso a paso, etapa por etapa o. como dice la canción panameña “despacito”, sin tomar en cuenta las ventajas sistémicas y culturales del antiguo “Reino del Medio” sobre la superpotencia y sin evaluar su propio declive, cada vez mayor a medida que avanza su colapso, gracias a su manejo totalmente irresponsable de la pandemia.

Hacer de China un chivo expiatorio de su propio fracaso no le servirá de nada a Trump porque el mundo ya no se lo cree, mucho menos su pueblo, enzarzado como está en un trágico problema de estructura social, insoluble a mediano plazo.

La actual pandemia no le pone pausa a la vigencia del Derecho Internacional Público y, por ende, siguen vigentes sus principios normativos. El Derecho Internacional no está ni en cuarentena ni en confinamiento.

En el caso de Panamá, el principio de no intervención exige que se le respete su derecho a determinar su gobierno y sus relaciones exteriores sin interferencias externas. En el caso de Estados Unidos, se trata de su deber de no inmiscuirse de ninguna forma en las determinaciones exclusivas de Panamá.

La historia de Panamá desde 1903 está jalonada por una lucha por el perfeccionamiento de nuestra independencia, la cual perdimos desde el principio con un falso tratado impuesto a la naciente república por Estados Unidos.

Nuestra lucha continuó durante la Huelga Inquilina ría de No Pago de Alquileres en 1927, aplastada por las tropas invasoras. Prosiguió el 9, 10 y 11 de enero de 1964, cuando el ejército de ocupación masacró a 24 civiles y 500 heridos de bala; continuó con la cobarde invasión no provocada de 1989, que ocasionó entre 4,000 y 6,000 víctimas según la Comisión de Ramsey Clark, exprocurador de Estados Unidos.

La agresión armada norteamericana puso en aislamiento internacional a nuestra soberanía e instaló a regímenes marionetas que arriaron la bandera nacional y enarbolaron la de las barras y las estrellas, que flamea desde el territorio nacional para toda la región, ofensiva encarnación de la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos como única Biblia.

Si a Cuba Estados Unidos le impuso la Enmienda Platt, llamada así por el senador de ese nombre que condicionó la independencia de la Isla al derecho de Washington de intervenir si, a su criterio, se violaba la Constitución o el orden público, a Panamá le ocurrió cosa parecida: el presidente Teodoro Roosevelt implantó en la primera Constitución de la República de Panamá, el 1 de febrero de 1904, el Artículo 136, que permitía al Coloso (y Goloso) del Norte usar, a su entero juicio, su fuerza militar para mantener la paz y el orden constitucional.

La lucha por el perfeccionamiento de la independencia continúa a pesar de que dimos un paso gigantesco cuando el Tratado del Canal reconoció nuestra soberanía, expulsó las bases militares y nos traspasó la vía interoceánica el 31 de diciembre de 1999.

La República Popular China es el segundo usuario del Canal de Panamá desde hace varias décadas y también el primer abastecedor de la Zona Libre de Colón. Por lo tanto, su presencia en Panamá -- aún sin haberse establecido relaciones diplomáticas -- ha sido un factor importante de la economía nacional.

Para los panameños es absolutamente inadmisible que Estados Unidos intervenga en nuestras relaciones con la República Popular China, establecidas hace exactamente tres años, el 17 de junio de 2017.

El presidente Trump ha enviado a Panamá – lo que no ha hecho con ningún otro país de América Latina – a sus más altos funcionarios del Departamento de Estado, al Director del Consejo de Seguridad Nacional, al Director de Asuntos Hemisféricos, a jefes del Comando Sur y del Pentágono y representantes del Departamento de Comercio, quienes han sostenido reuniones con el presidente Laurentino Cortizo para demostrarle sus “preocupaciones” por el impacto que pueda tener la República Popular China en Panamá.

No es ningún secreto que Estados Unidos castigó a El Salvador, República Dominicana y Panamá por el simple hecho de ejercer su derecho a la independencia con el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China. En los tres casos, Washington retiró a sus embajadores, y aún no los ha vuelto a designar a excepción de El Salvador, país donde el embajador de Estados Unidos confesó públicamente y sin ningún rubor que su principal misión diplomática es eliminar la embajada de China, en brutal violación de la Convención Diplomática de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961.

Panamá ha suscrito más de 30 acuerdos con China que, en esencia, convertirían a Panamá en el hub del turismo mundial y el centro logístico más importante de la región latinoamericana y caribeña, amén de potenciar el desarrollo de Panamá. El gobierno nacional todavía está “estudiando” dichos acuerdos.

Las visitas de los procónsules del Imperio han dado frutos: se ha suspendido el multimillonario proyecto de ferrocarril entre Panamá y la ciudad de David, en la provincia Chiriquí, fronteriza con Costa Rica.

Dicho proyecto recibió el respaldo de sectores claves de la empresa privada y de sectores nacionales que comprendieron que dicha obra pudiera ser elemento básico de nuestro incipiente desarrollo industrial, así como fuente de ingresos superiores a los provenientes del Canal interoceánico.

La injerencia de Estados Unidos también ha influido para entorpecer la construcción del Cuarto Puente sobre el Canal de Panamá -- ganado en buena lid por una empresa de construcción china -- de manera tal que su diseño ha sido modificado para ralentizar la construcción y empobrecer el diseño de la obra. Igual suerte corren otros proyectos de construcción como, por ejemplo, la construcción de un puerto de cruceros en la costa del Pacífico.

Todo parece indicar que Estados Unidos no digirió correctamente ni el Tratado del Canal ni el Tratado de Neutralidad, que los obliga a respetar nuestra autodeterminación y soberanía nacional, a no importar sus guerras y conflictos al Canal y a no involucrar a nuestro pueblo en sus líos y trapisondas internacionales. Washington actúa como si fuera todavía dueño de la vía acuática.

Estados Unidos no puede presionar, chantajear, sancionar o amenazar de manera alguna a nuestro país, que necesita potenciar el aprovechamiento de nuestra posición geográfica para el libre tránsito de todas las banderas tanto en paz como en guerra.

No vamos a meter nuestras cabezas entre el yunque y el martillo ni a dejarnos pisotear por los elefantes. No necesitamos amenazar a Washington con el letrero “Hic sunt dracones” (aquí hay dragones). Panamá es un país amante de la paz, la cooperación y la solidaridad internacional bien entendida, y nada nos apartará de ese camino.

Aconsejamos a Estados Unidos, por el bien de la humanidad, que recule en su accionar contra China, pero les exigimos, en nombre de nuestros héroes y mártires, respeto por nuestra independencia, ya que necesitamos cumplir con el rol universal que nos asignó el Libertador Simón Bolívar cuando expresó:

"¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuera para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!... Ojalá que un día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso…. (Jamaica, 1815)

"No me es posible expresar el sentimiento de gozo y admiración que he experimentado al saber que Panamá, el centro del Universo, es segregado por sí mismo, y libre por su propia virtud. El Acta de la Independencia de Panamá es el documento más glorioso que puede ofrecer a la historia ninguna provincia americana". Carta de Simón Bolívar a José de Fábrega (1 de febrero de 1822).

 

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